La Navidad, cuando creces
Hay momentos hermosos en la vida, esos que rememoras para siempre. Las Navidades de tu vida forman parte de esos tesoros que siempre guardas en tu corazón.
Desde el primer año de tu vida (aunque no lo recuerdes) todos a tu alrededor celebran la legada del Niño Jesús y se preocupan porque esa sea una fecha feliz para todos. A medida que vas creciendo ya estás en la capacidad para recordar todo lo que pasa en esta época: los regalos, los abrazos, los encuentros, la comida y hasta la nostalgia.
Pero, cuando creces la cosa cambia. Muchos mantienen el mismo espíritu de niño y esperan con la misma alegría de siempre cada Navidad. Hay otros que, por el contrario, se transforman en unos perfectos ogros y odian todo cuanto contenga rojo y verde entre sus combinaciones.
Y, pese a los extremos, hay un grupo que permanece justo en medio. Unos que vivimos de la añoranza, entre la alegría por los que nos rodean y la tristeza por lo que dejamos pasar. Es verdad, a estas alturas, aún muchos no estamos para andar arrepintiéndonos, pero pasa. Que le vamos a hacer...
Si lo analizas bien, no es tanto arrepentimiento, es más bien ese deseo de que cada plegaria al cielo esos 24 y cada solicitud ante las 12 uvas fue en vano. Ahora entiendes que perdiste muchos de esos anhelos y que es mejor vivir en el terreno del presente, rezar al Niño Jesús por lo vital y desear en cada uva cosas que pase lo que pase, se vaya quién se vaya y venga quién venga, no cambien.
Cuando creces la Navidad se trata de pedir para los que amas más que para ti, de entender que no debes aferrarte a nadie más de los que te acompañan o tu acompañas desde tu llegada al mundo y ser feliz con esa conciencia de que cada paso que das y cada deseo que pides para Navidad se consolidará porque tú serás el artífice único y principal de cada uno.
