Soy
Génesis Carrero Soto, nací en Caracas un 14 de octubre de 1990. Soy caraqueña,
soy venezolana.
Mi
nacionalidad es la primera cosa que tuve y que me hizo ciudadana desde el mismo
momento en que salí disparada del vientre de mi madre. Desde el preescolar me
enseñaron que el primer orgullo que debo sentir es hacía mi patria y todo lo
que la representa.
Entonces
aprendí a valorar esa venezolanidad con que me dotaron al nacer, y también a
todos los compatriotas, que como yo nacieron bajo el cielo de la República Bolivariana de
Venezuela. Pero, en estos días que me la paso recorriendo parte del vasto
territorio venezolano he adquirido cierto odio, vergüenza, rechazo y; hasta
algo de lastima por la cultura y sentido de ciudadanía de la gente con la que
he tenido la desgracia de compartir mis recorridos.
Resulta
que si te subes a cualquier carrito por puesto corres el riesgo de que te
roben, te tienes que calar la arrechera contenida de la gente que ya va en la
camioneta. Además, tienes que calarte que se te ensucie la ropa por el estado
inmundo del vehículo y si te quejas el chófer no te da el vuelto.
Cuando
se trata del metro, entonces los empujones y los insultos sin razón no se dan
abasto para cubrir la demanda de todo aquél al que le provoca lanzarle algún
improperio al vecino de viaje. Pero, cualquier irrespeto a los valores que uno
pueda concebir se hace pequeño si unimos a esta cadena de quejas el drama de
aquellos que se aventuran a vivir un paseo en el tan famoso y nombrado
ferrocarril de los Valles del Tuy.
Con
solo entrar a este lugar comienzas a sentir verdadera tristeza de ser
venezolana y convivir en el mismo territorio con tal clase de barbaros, que
cual si estuvieran en la época medieval, se lanzan unos sobre otros, dan
gritos, alaridos, rebuznos, bramidos y hasta aullidos de animal herido en el
proceso de abordar el vagón que los conducirá a sus destinos.
A mi
parecer, no hay mejor muestra de la sociedad que somos que los andenes del
sistema de ferrocarril de Los Valles del Tuy. La gente amontonada, cansada,
asechando como bestias hambrientas, divirtiéndose con el caos total que impera,
celebrando las hazañas de quienes quebrantan las reglas y pisoteando a los más
débiles es el espejo perfecto de la Venezuela que somos hoy. En la que nos
hemos convertido.
No
puedo sentir sino indignación y lastima por esta situación y por las miserias a
las que estamos sometidos los venezolanos diariamente. Y no por un Gobierno que
no ejecuta, o una oposición que no actúa; más bien por la gente que conforma
este país y a la que se le agotaron la amabilidad, los modales y la cortesía.
Hoy
lamento mucho ser venezolana, y lamento más sentirme así. Ojalá que las
bellezas naturales y los logros de los deportistas y las misses fueran suficientes para inflar mi orgullo patriota; pero no. Hace falta más para que
una se pueda sentir orgullosa de la nación que la vio nacer. Hace falta que su
gente comience a ser gente, a tratarse como gente y a comprender que no
importa cuantos trenes, buses, aviones, metros y espacios nuevos haya si nadie
los sabe usar respetando la regla primaria de que los derechos de cada uno
comienzan justo donde terminan los del otro.
Nos hace falta ser más gente para poder sentirnos
felices de ser venezolanos.