lunes, 10 de febrero de 2014

Necesitamos más gente



        Soy Génesis Carrero Soto, nací en Caracas un 14 de octubre de 1990. Soy caraqueña, soy venezolana.

        Mi nacionalidad es la primera cosa que tuve y que me hizo ciudadana desde el mismo momento en que salí disparada del vientre de mi madre. Desde el kínder me enseñaron que el primer orgullo que debo sentir es hacía mi patria y todo lo que la representa.

        Entonces aprendí a valorar esa venezolanidad con que me dotaron al nacer, y también a todos los compatriotas, que como yo nacieron bajo el cielo de la República de Venezuela. Pero, en estos días que me la paso recorriendo parte del vasto territorio venezolano he adquirido cierto odio, vergüenza, rechazo y; hasta algo de lastima por la cultura y sentido de ciudadanía de la gente con la que he tenido la desgracia de compartir mis recorridos.

        Resulta que si te subes a cualquier carrito por puesto corres el riesgo de que te roben, te tienes que calar la arrechera contenida de la gente que ya va en la camioneta. Además, tienes que calarte que se te ensucie la ropa por el estado inmundo del vehículo y si te quejas el chofer no te da el vuelto.

        Cuando se trata del metro, entonces los empujones y los insultos sin razón no se dan abasto para cubrir la demanda de todo aquél al que le provoca lanzarle algún improperio al vecino de viaje. Pero, cualquier irrespeto a los valores que uno pueda concebir se hace pequeño si unimos a esta cadena de quejas el drama de aquellos que se aventuran a vivir un paseo en el tan famoso y nombrado ferrocarril de los Valles del Tuy.

        Con solo entrar a este lugar comienzas a sentir verdadera tristeza de ser venezolana y convivir en el mismo territorio con tal clase de barbaros, que cual si estuvieran en la época medieval, se lanzan unos sobre otros, dan gritos, alaridos, rebuznos, bramidos y hasta aullidos de animal herido en el proceso de abordar el vagón que los conducirá a sus destinos.

        A mi parecer, no hay mejor muestra de la sociedad que somos que los andenes del sistema de ferrocarril de Los Valles del Tuy. La gente amontonada, cansada, asechando como bestias hambrientas, divirtiéndose con el caos total que impera, celebrando las hazañas de quienes quebrantan las reglas y pisoteando a los más débiles es el espejo perfecto de la Venezuela que somos hoy. En la que nos hemos convertido.

        No puedo sentir sino indignación y lastima por esta situación y por las miserias a las que estamos sometidos los venezolanos diariamente. Y no por un Gobierno que no ejecuta, o una oposición que no actúa; más bien por la gente que conforma este país y a la que se le agotaron la amabilidad, los modales y la cortesía.

        Hoy lamento mucho ser venezolana, y lamento más sentirme así. Ojalá que las bellezas naturales y los logros de los deportistas y las misses fueran suficiente para inflar mi orgullo patriota; pero no. Hace falta más para que una se pueda sentir orgullosa de la nación que la vio nacer. Hace falta que su gente comience a ser gente, a tratarse como gente y a comprender que no importa cuantos trenes, buses, aviones, metros y espacios nuevos haya si nadie los sabe usar respetando la regla primaria de que los derechos de cada uno comienzan justo donde terminan los del otro.


Nos hace falta ser más gente para poder sentirnos felices de ser venezolanos.

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