Estos han sido días terribles para los venezolanos. La escasez, la miseria, la falta de dinero, el alto costo de la vida, la falta de medicinas, las epidemias que azotan al país, los decadentes servicios públicos, las mentiras en la cara por parte de los que gobiernan, la ausencia de soluciones coherentes, la inflación, la devaluación, la delincuencia, la "sensación de inseguridad", las iguanas que se comen los cables, las amenazas de un peo que va a reventar, pero nunca pasa...
Todo es, sin duda, una gran nube negra que se encuentra sobre la cabeza de cada venezolano y que amilana su condición de vida, su moral, sus expectativas, sus posibilidades sus esperanzas y hasta su fe.
Pero, si a todo esto le sumamos la increíble desidia que invadió a los ciudadanos de esta patria, el oportunismo que se coló entre sus venas como un mecanismo para afrontar la situación, la insoportable falta de amabilidad y humanidad que rayan en lo salvaje, la insensatez y la avaricia que ahora son características "sine qua non" de los venezolanos; entonces resulta imposible lidiar con lo demás.
Hoy vi como un conductor chocaba a un perrito que se escapó de una casa. Vi al perrito sufrir y dar aullidos de espanto en medio de la calle ante la mirada distante de los conductores que intentaban esquivarlo para no estropearlo más. Viví como un transeúnte se condolió y, finalmente me ayudó a ponerlo en la acera y se quedó a mi lado hasta que el perrito se apagó poco a poco y murió. Y, tuve que ver como llegó la dueña del animalito y lejos de sentirse mal dijo: "Maldito animal, bien echo que lo mataron", y lo agarró con rabia y lo volvió a lanzar al medio de la calle de la que yo lo quité.
Y me dirán, "era solo un perro, Génesis". Pero, no, no se trata de que sea un perro. Se trata más bien de la indolencia que se apoderó de cada habitante de este país, se trata de cómo vemos sufrir a alguien y somos incapaces de sentir pesar. Se trata de que esa escena con el perrito se repite en todo el territorio nacional, pero con un sujeto diferente.
Hay gente muriendo porque no consigue medicinas, gente pasando hambre, gente sufriendo porque no sabe como mantener a sus hijos, gente que está agobiada porque no le alcanza la plata, gente que sufre por mil problemas que hoy son cotidianos en este país, mientras el resto pasamos, absortos, a su lado, sin ni siquiera dedicarles una sonrisa para que sepan que aún existe empatía y que, de seguro alguien podrá ayudarlos.
Yo no sonreímos a la gente, ya no ayudamos, ya no necesitamos apoyar al prójimo porque la "viveza" es más practica y más efectiva para alcanzar intereses personales provisorios.
Debo admitir que estoy perdiendo la fe. Ya no creo en los venezolanos y dudo mucho que podamos salir de este agujero negro. Y, no porque el Gobierno no haga nada, sino porque los venezolanos no hacen nada.
Perdimos la esencia, eso que nos movía antes y que nos hacía salir adelante, a pesar de cualquier adversidad.
Hoy tengo la certeza, esa que me da ver tanta indolencia, que cuando llegue el momento nos pisaremos unos a otros con la apuesta a que "sobreviva el más fuerte".
