Entre esas jugarretas del destino está la historia de un hombre que, perseguido por una fecha y marcado por el acto de suicidio de su hermana, se arrojó también a los rieles del subterráneo y vivió para contar un arrollamiento en el Metro de Caracas

“¡Ya se lanzó otro en el metro!” fue lo que se escuchó en plena hora pico, con el calor y el vapor común del sistema Metro de Caracas C.A abrumando a sus usuarios. Eran las cinco de la tarde del 10 de enero, la fecha exacta en la que todo el mundo se reincorpora a su jornada de trabajo después de las festividades navideñas. Y justo a esa hora y ese día, Luis decidió protagonizar la sarta de maldiciones y tan acostumbrados llamados a las madres, comunes en este país, cuando alguien trunca el transito normal simplemente porque quiso morir.
- Personal operativo Actividad G en curso- este fue el llamado que se escuchó esa tarde para activar el proceso Gamma que se da cuando hay un presunto suicida. Segundos después de esta alarma, entendible sólo para quienes laboran en el sistema, lo único que recuerda Luis es el sonido ensordecedor del metro cortando el aire y atravesando todo lo que se encontraba a su paso, incluido él que se situó cerca de la boca de salida del túnel; acción que le dio al conductor el tiempo suficiente de activar el botón de alarma para desactivar la electricidad del anden y minimizar el impacto. Si la posición de Luis hubiese sido distinta otra sería la historia.
Ese 10 de enero Luis arrojó su humanidad a los rieles del metro y con ella echó su destino a la suerte, o más bien hizo cabalístico un acontecimiento en su familia. Porque un suicidio en el metro es un evento fortuito, pero dos en el mismo grupo familiar sin duda marcan un precedente en las estadísticas manejadas por la compañía Metro de Caracas en las que se contabilizan desde 1983 más de quinientas personas que se han lanzado a los rieles.
Hace tres años, un 10 de abril, la hermana de Luis en un impulso desesperado, producto de su fuerte depresión posparto marcada por graves episodios de locura, se lanzó a las vías del metro en la estación de Antimano acabando de golpe con su vida y marcando sus recuerdos, a tal punto que en su propio momento de desesperación quiso experimentar la vivencia de su hermana.
- ¡Yo no hice lo que hice por mí! Es lo único que asegura Luis sobre su lanzamiento voluntario a los rieles de este subterráneo caraqueño. Y es que cualquiera que lo conozca se topará con un joven de 23 años, alto, delgado, vestido a la moda, combinado y con unos grandes ojos color miel decorados con largas pestañas que lo hacen lucir cual muñeco de torta y que te hacen pensar inmediatamente “¿este tipo no puede ser el que se trato de suicidar en el metro?
¿Excusas?, Luis tiene muchas, pero el amor no es precisamente una de ellas. “Pelee con mi jeva ese día, estábamos arrechos porque todo el tiempo era una bendita peliadera, yo le dije que prefería perderme de esta vida que seguir con los problemas con ella y yo no recuerdo bien el momento en el que me lancé en esa verga, pero por ella precisamente no fue”.
La causa de haber atentado contra su vida tal vez está más dirigida a todo su entorno que a una mujer en específico. “Ahora todo el mundo me llama, me prestan atención. Mi mamá me llama, mi hermana está pendiente de mí, siempre quieren saber si necesito algo”. La falta de atención fue el boom de esta historia, y Luis tal vez si cumplió con este objetivo porque hoy día todos los cuidados que le profesan esa misma novia que lo impulsó a decidir querer morir, y toda su familia son su motivo.
A pesar de sólo haber acudido al psicólogo una vez después del incidente, Luis asegura padecer lo que los doctores en su momento hubieran determinado como amnesia postraumática, es decir, el efecto de no recordar nada preciso del momento justo en que entró a la estación del metro en Antimano; y repitiendo la historia de su hermana, tomó la decisión de arrojarse a los rieles de desplazamiento del vagón.
- Yo nunca fui a un loquero de esos porque la única vez que me enviaron fue del hospital Pérez Carreño donde me atendieron del accidente en el metro y de una vez me mandaron un montón de pepas y que pa`tranquilizarme que me hacían daño para la cara y me mareaban. así que me las tome una semana y más nunca. Lo que sí me ayudo mucho fueron las consultas con el santero, el me dijo que yo tenia un muerto montado y cuando me tire en el metro no era yo”.
Luis cree en Dios indudablemente “sin su ayuda y su protección yo no estuviera aquí hoy, pero en ese momento él me abandonó. Me soltó por un ratico pues”. En esa relación paradójica de los venezolanos entre las creencias del santerismo y el catolicismo se mueve este hombre que asegura que no sale de su casa sin persignarse o sin sus collares de protección desde el arrollamiento en el metro.
Luis ahora forma parte del 43,5% de los arrollados – palabra con la que son determinados oficialmente los suicidas en las estadísticas del Metro de Caracas.- que sobrevivió a esta experiencia, pues según cifras registradas en la empresa casi la mitad de quienes se intentan suicidar en el metro no logran su propósito: morir.
Sus recuerdos vuelven a él en el momento en que los Bomberos del Distrito Capital acuden a su rescate. Luis yacía por debajo del tren, entre los rieles y todos los espectadores lo hacían muerto hasta el momento en que de él se desprendió un grito “¡ayúdenme por favor, ayúdenme!”. Con esa frase este muchacho regresó a la vida, milagrosamente entero, pero en un “estado de salud muy delicado”, tal como reza su parte médico.
Su columna se fracturó, sufrió un delicado traumatismo craneal y se perforó un pulmón; todo esto sin contar los moretones, raspones, traumatismos y contusiones en todo el cuerpo producto de su lanzamiento voluntario al metro buscando morir en esos rieles de los que se salvó por causas más vinculadas a la destreza del operador que conducía, a las leyes de la física y como no decirlo, al azar, a esa suerte que le produce el haber nacido enmantillado, tal como afirma su mamá.
Con el número 10 que lo persigue desde el mismo momento en que decidió nacer en ese día de marzo, este cábala lo hizo vivir la muerte de su hermana con el mismo número en un mes y años distintos: y posteriormente morir y renacer cuál pez que sacan del agua por unos segundos para luego despertarlo a la vida arrojándolo otra vez en su ecosistema el 10 de enero que intento morir sin éxito al arrojarse a las vías del metro.
También fue 10 la fecha en que lo operaron de la columna después del accidente, le pusieron dos platinas y ocho tornillos, por eso hoy puede caminar. “Claro, nada de hacer fuerza y quedé un poquito encorvado, pero peor es nada”. La recuperación del cuerpo fue dura para Luis, pero no más rápida que su sanación mental “yo siempre me sentí bien conmigo, no soy de los que se siente fuera de sitio por ese problema”.
Hoy, a un año de haber atentado contra su vida Luis se considera “un tipo normal”, de esos que son buenos, que se rebuscan, que trabajan para tener lo suyo, de esos que andan con la frente en alto, que miran feo a la gente que no conocen, y que todos los días le sonríen a los nuevos amigos.
Extrañamente a lo que todos pensarían él sigue con su novia, con esa misma novia a la que toda su familia culpa de su intento de suicidio. Ellos ya tienen cinco años juntos y ella le recuerda a diario que debe olvidar este momento de su vida.
Cada vez que sube al metro Luis hurga en su memoria tratando de recordar “yo quiero saber que fue lo que pensé en el momento justo en el que agarré el impulso y salte a los rieles. Necesito recordar eso para seguir adelante” dice, a la vez que espera la llegada del tren en el anden.
Cuando lo vi tuve la impresión de que era un muchacho tímido; lo observé con detenimiento buscando una muestra de dolor en su rostro; en cambio encontré un conformismo total con su realidad. Ese conformismo común en los venezolanos “yo viví lo que me tocó vivir en ese momento, y a eso no le debo lo que soy hoy, pero así se dieron las cosas y yo sólo estoy aprovechando esta segunda oportunidad porque soy un hombre afortunado”.
GCS