sábado, 27 de abril de 2013

De cómo vivir despechada

Que desgracia el tener que vivir con esa bendita melancolía que viene en combo junto con la divinidad de ser mujer. Ya es bastante difícil ser parte del género femenino, y la cosa se pone peor si a todo lo que nos pasa hay q agregarle el enamoramiento y, peor aún, el tedioso, horripilante, patético y lamentable proceso de desenamorarte; sobre todo si era de verdad. Lo macabro del procedimiento que debes emprender es tener que lidiar con él y sus destellos de felicidad “sin ti”. Esa sí que es la peor parte mi amiga. Es insoportable tener que contemplar como el pana al que le dedicaste tiempo, alegrías, exclusividad, lágrimas, pasión, desvelos, amor, desenfreno, ternura, adoración y hasta arrechera; ahora goce de todo eso a viva voz y con locura, pero sin ti y con otra mujer que (como en todos los casos) no es ni la mitad de bonita, interesante o inteligente que tú. Entonces tu empiezas a sobrellevarlo las primeras tres semanas stalkeando sus redes sociales, revisando sus estados en el pin y escuchando los cuentos que todo el mundo tiene para decirte, hasta que revientas y en un ataque de desesperación y de ira le escribes un sms cargado de odio en el que le describes, paso a paso, cómo es que te arruinó la vida. Si lo amabas la situación empeora con el pasar de los días. En poco tiempo llegas al momento en el que todo lo que haces, piensas, dices o te imaginas te rememora al hombre. Y esto sí que es grave, porque este síntoma perdura y a él se unen la decepción, la indignación y la nostalgia esa tan lamentable de pensar en lo que pudo ser y no fue; y entiéndase, con esa irremediable condición de querer controlar hasta el futuro nacemos todas. Y una se resigna, sigue adelante, pero se resigna. Se encuentra otro novio, pero se resigna. Es feliz, pero se resigna, siempre se resigna a que en su imaginación permanezca aquel caballero con el que un día dibujo el resto de su vida, pero que ahora se convirtió en un perfecto patán y te obligó a sacar la goma de borrar y pintar un nuevo sur. Eso sí, los borrones siempre quedan. Siempre.

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